Black Sabbath “Master of Reality” -Desde la caverna-

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En muchas ocasiones, menos es más, a veces las limitaciones fuerzan la creatividad. En el año 1971, los Black Sabbath se enfrentaban a su tercer disco (tras realizar dos obras maestras como su debut homónimo y “Paranoid”), con un problema.

El guitarrista Tony Iommi había sufrido un accidente laboral en el que se lesionó los dedos, los cuales les causaban molestias al tocar su instrumento. La solución que encontró fue la de afinar su guitarra tres semi-tonos abajo, reduciendo así la tensión en las cuerdas. Afinación que también realizo Gezzer Butler en su bajo.

Y, mira tú por dónde, lo que parecía un problema se convirtió en una virtud, este cambio en la afinación creó un sonido único e innovador, un sonido opresivo, atmosférico y más negro que el abismo, un sonido que introdujo a los cuatro de Birmighan todavía más en su particular caverna de ecos asfixiantes y siniestros. Una lúgubre caverna sin la cual bandas como Alice in Chains, Queens of the Stone age, Tool, Metallica o Nirvana, (por citar solo unas pocas) no hubiesen sido lo mismo.

“Master of Reality” es otra obra maestra de la banda, y van tres. De los surcos del Lp emana heavy, pero heavy del bueno, sin peinados de peluquería ni mallas ni insufribles solos de guitarra infinitos. Un bofetón eléctrico despachado en apenas 34 minutos que hará las delicias de todos los amantes del mejor rock and roll de ahora y siempre.

La obra se abre y se cierra con un tosido, el que produjo Tony Iommi cuando dio una calada a un gigantesco porro de marihuana que Ozzy llevó al estudio. Y Precisamente, se inicia el festín una oda al cannabis como “Sweet leaf” (“Dulce hoja”), tema con un fantástico riff y un gran trabajo a las voces de ese hechicero loco de Osbourne. Sin bajar la guardia llega “After forever” de estructura pedregosa y nervio punk.

Conforme avanza el lp seguimos encontrando joyas como el increscendo frenético de “Children of the grave” o la claustrofóbica atmosfera de “Lord of this world” (impecable y contundente trabajo a las baquetas de Bill Ward). Sin dejar de lado la crudeza de “Into the void” (Fijaros en esa manera tan particular de tocar el bajo que tiene Butler y que tanto influenciaría a los grungies) o ese hermoso “balón de oxígeno”, entre tanta electricidad, que supone “Solitude”: pausado tema de tintes celtas.

Pero este “Maestro de la realidad” no solo supuso cambios respecto a sonido, sino también en cuanto a letras, en ellas desciende la importancia del característico satanismo de la formación y aumentan las composiciones que hacen referencia a la espiritualidad (“After forever”) a una posible revolución juvenil (“Children of the grave”) o incluso al desamor (“Solitude”).

Todo esto envasado en 34 fabulosos minutos de rock and roll sin colorantes ni conservantes con los que atormentar a vuestros vecinos.

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